Mía

Y le dije que la amaba.

La lluvia nos había obligado a cobijarnos bajo los arcos en esa fría tarde. Algunas gotas seguían adornando su cabello. Su sonrisa tenía ese brillo que deja el viento y el agua juntos.

Sus ojos se llenaron de melancolía al tiempo que yo expresaba, después de tantos años, un sentimiento guardado en lo más profundo de mi alma. 7 años de limpia y pura amistad se veían mutados por unas cuantas palabras de confesionario. La amaba desde el día en que sentí su mano tomando la mía.

Creí que su mirada reflejaba la tristeza de haber dejado pasar tanto tiempo para poder fundirnos en un abrazo. Sentí que ella se arrojaría a mis hombros diciendo que me amaba tanto. Pensé que ahora ya no sería yo quien enjugara su llanto.

Se acercó a mi mientras caminabamos; ví su rostro tan cerca del mío, sentí un escalofrío recorrer mi brazo. Sus labios se acercaron a mi oído y sentí su aliento mezclado con palabras. Estoy embarazada; fue lo único que dijo.

Seguimos caminando en silencio. La lluvia había cesado en unos pocos instantes. Cuando salimos de los arcos entendí que ella nunca había sido mía.

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