Nadando en Azahares

Viernes, noviembre 7, 2008

A veces creo que la ironía es muy buena amiga. Después de 3 días en los que no abrí las persianas ni por un segundo es que decido salir de mi encierro. La cama mantiene aún la forma de mi cuerpo que parece haberse pegado a las líneas moradas y rosas de la sábana y las almohadas mullidas. Claro que a estas alturas ya no están mullidas y solo son dos piezas de tela rellena aplastada y llenas de marcas de la humedad que dejaron mi boca y cabeza; un mapa mundi diría mi buena amiga.

Poco a poco arrastrando el letargo de mis piernas es que llego a la cocina; no hay nada comestible y lo que ahí reposa en la estufa es solo algo lleno de pelusa negra y amarilla. No creo que convenga jugar ahora a la microbiología. Abriendo cajones y gavetas inundados de conservas viejas es que encuentro la pequeña bolsita.

Recuerdo haberla traído de una de mis últimas excursiones en la Roma, de esas que me da por realizar cuando me siento de mundo y quiero farolear como si fuera primicia. Un buen día de tantos es que una colega de la oficina me invitó a conocer una casa de té. Durante mis años mozos siempre pensé que el té solo servía para el dolor de panza y los retortijones, poco después fue que entendí que a falta de una buena taza de café, un té es un gran compañero a cualquier hora del día. El aroma trae cierta melancolía que me hace imaginarme fantasías que luego tiendo a garabatear. Al menos puedo achacar las alucinaciones a algo legal.

Lindo local con tintes franceses e indios que invitaban a tomar el té relajada en sillas o bien, echada en un diván cual almohadón de plumas. Hasta la fecha desconozco si se dice indios o hindúes pero la idea es la India. Recuerdo estar aplastada por más de tres horas sorbiendo un brebaje de tintes afrutados y comiendo gente que no estaba presente. Al final todo fue aderezado con un helado de flores y un dolor de dientes. Igual recuerdo las carcajadas de mi amado cuando le conté de la aventura; él me cuestionaba sobre si trabajar en las lomas me había vuelto tan extravagante y que tal evento era lo más pose que pude haber hecho. Claro que días después otro amigo entre risas me decía que eso era lo más gay que pude haber hecho. Después de todas las cosas pose y gay que he hecho en mi vida, creo que tomar té al menos si puede hacerse en público.

Al seguir con mi exploración de la cocina es que encuentro la curiosa cucharilla que compré para darle al té un honorable ritual de preparación. A veces pretendo que conozco del mundo y que se como tratar a la vida. Claro que dicha cucharilla lleva más de dos meses guardada en el horno y aún con la envoltura original. Me dispongo a lavar la misma mientras el agua esta hirviendo en su tetera. Abro la pequeña bolsita y el golpe de aromas hace que mi cabeza se despeje y despierte por completo. Los aromas de flores, hiervas y cítricos inundan mis fosas nasales y de nuevo la melancolía me hace compañía. Dejo la bolsita para ir por la cucharilla pero ante mi gran maestría para las cosas delicadas, la bolsa se voltea y el contenido en el suelo se desparrama.

Creo que tardé cerca de 10 minutos contemplando el suelo lleno de ramitas y hojas secas. No fue si no hasta que la tetera empezó a silbar que reparé en que tenía que levantar el reguero y verificar que aún hubiera té en la bolsita. Ya con más cuidado es que pude meter un poco de estas hojitas en la cucharilla. Por un momento pensé en usar las que estaban en el suelo pero realmente, poco se de lo que por ahí se haya arrastrado en los últimos días. Por supuesto que el siguiente acto fue cerciorarme de que la bolsita estaba cerrada para evitar una nueva cascada de violetas.

Cuatro minutos exactos pasaron antes de que retirara la cucharilla. Me encargué de verificar el tiempo con reloj en mano, tal como lo recomendaba el instructivo de la casa de té. Bastante escarmenté el día que dejé una bolsa de té negro con jazmín en la taza hasta que el agua estaba tibia; la amargura del mismo hizo que escupiera por todo el escritorio y mis bosquejos se convirtieran en reciclaje de oficina. Alguien debió recordarme que debo leer las instrucciones y que un té negro no puede dejarse en la taza por los siglos de los siglos como si fuera manzanilla.

Creo que sumergí mis ojos en el agua de color naranja por años. No, no lo bebí como una persona normal haría. No lo endulcé ni acompañé con limón o leche como otros tantos esperarían. Lo absorbí por los ojos hasta que el naranja inundó mi vista. Nadé entre los tintes rojizos y cobre que giraban en remolinos dentro de la taza despostillada después de años de servicio. Ví como giraban pequeños pedazos de hojitas y ramas que la cucharilla no mantuvo entre sus manos metálicas. Eso de usar teconología esnob no es lo mio, no importa cuanto crea que lo logro. Sigo con los ojos sumergidos en agua de flores de sanguina. Creo que una lágrima se escapo del ojo seco cuando me di cuenta que era hora de volver al dormitorio.

No importa cuanto té beba para llenarme de melancolía. Solo se que es más saludable nadar en azahares que en absinta. Y eso me recuerda que hace 3 noches mis ojos se llenaron de verde mientras en ajenjo y hielo se sumergían.

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